Por Guadalupe Loaeza

El domingo tuve una cita maravillosa. La Providencia, el azar o el destino quisieron que me encontrara con uno de mis filósofos preferidos, ¡Diderot! Nuestro encuentro correspondió perfectamente con su filosofía, es decir, que en la vida ya todo está escrito y determinado. El filósofo y yo nos teníamos que encontrar.

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Lo encontré en el pabellón de cacería del barón d’Holbach, con el pelo ligeramente canoso y enfundado en una bata de seda azul marina (Rafael Sánchez Navarro). Frente a un atril, el enciclopedista intentaba escribir un ensayo sobre la Moral: “Confieso estar un poco enojado a causa de nuestra pobre especie humana. Nunca habíamos estado tan mal”, le comentó a la pintora Anne Dorothea Terbouche (Marina de Tavira), quien en esos momentos daba los últimos toques al retrato del autor de Jacques El Fatalista. “Me gustaría pintarlo desnudo”, sugiere la pintora. Denis Diderot se resiste, pero al cabo de unos minutos, se quita la bata y queda totalmente desnudo. Se recuesta sobre unos cojines y posa caballerosamente frente a la artista. De pronto se escucha una campanita y un lacayo llamado Baronet (Arturo Dányuro) le anuncia nerviosamente que urge su artículo para la Enciclopedia. El filósofo se siente presionado. Para colmo le anuncian la visita de Mme. Diderot (Karina Gidi). El marido entra en pánico y como de rayo oculta a la pintora en un cuarto. “No estás sólo, ¿verdad?”, le pregunta su esposa, sofocada. “A pesar de nuestro acuerdo, ya estoy harta. Soy la mujer más engañada de París”, reclama. Diderot niega sus infidelidades. “Jamás te he engañado”, jura y perjura el marido más infiel de Francia al mismo tiempo que se sujeta el cinturón de su bata. Sin embargo reafirma que el matrimonio es “una monstruosidad”. Al cabo de unos minutos aparece otra mujer, Mlle. d’Holbach, quien como las demás, trata de seducirlo. “Soy víctima del sexo”, apunta un filósofo abrumado por los deseos de estas mujeres. Por último llega su hija Angelique (Marcela Guirado), ella le dice que se quiere embarazar y el padre le sugiere que sea de un hombre joven y de valía; le da consejos sobre la importancia de la familia y del sentido del matrimonio. A partir de ese momento, me doy cuenta en el lío en que se encuentra el filósofo más seductor del Siglo de las Luces.

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Para evitar convertirme en otra de las enamoradas de los encantos naturales de Diderot, decido irme a mi lugar en el Teatro Helénico. Empiezo a disfrutar como espectadora, la obra de teatro dirigida por Otto Minera, El Libertino, del prestigiado escritor francés, autor de obras de teatro, decenas de novelas y guiones de películas, y gran premio de Novela de la Academia Francesa, Eric-Emmanuel Schmitt. Desde mi asiento aprecio mucho mejor el espléndido vestuario y accesorios de María y Tolita Figueroa. Las cuatro actrices se ven guapísimas; sus escotes, muy al estilo del siglo XVIII, las hacen parecer aún más seductoras. Todas tienen un papel importante, sus monólogos son inteligentes, su dicción es perfecta y resultan muy creíbles. Se podría decir que se trata de una obra de teatro feminista. Por su parte, Rafael Sánchez Navarro interpreta perfectamente a Diderot. Es igual de simpático y encantador como era en vida el filósofo, transmite de una forma muy natural su característico sentido del humor. El actor nunca se equivoca en sus largos monólogos acerca de la manera en que el filósofo veía la felicidad y la libertad. La obra es estupenda. La música de fondo de Jean-Philippe Rameau es sublime.

Imagino que el escritor y dramaturgo de nacionalidad belga, Eric-Emmanuel Schmitt, cuyas obras de teatro y cine han sido traducidas a varios idiomas y presentadas por diferentes grupos teatrales de Francia, está muy satisfecho con los resultados de la versión mexicana. La intención de Schmitt es presentarnos a un Diderot de carne y hueso, con su “locura, su vivacidad, mostrarlo como un ser libre de cambiar de opinión, libre para contradecirse, libre de empezar desde cero, siempre pensante pero siempre incierto”. Su obra El Libertino parte de una anécdota real, la escena de la pintora Mme. Terbouche y el filósofo. “Diderot se desnuda, pero como la artista es muy bonita, los pensamientos del filósofo comienzan a manifestarse de una manera físicamente visible… Me gustan este tipo de situaciones y de valores, el hombre como objeto y la mujer como sujeto”.

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El autor nos dice que el filósofo estaba por el “onanismo” pasando por la homosexualidad. “Estaba por todas las pulsiones, con la condición de que no fueran destructivas, éstas tenían el derecho de ser expresadas tanto en la vida de una mujer como en la de un hombre: prohibido prohibir”.

Finalmente Diderot nunca pudo terminar su tratado sobre la Moral. Tal vez se debió a que estaba demasiado distraído por sus pasiones…

gloaezatovar@yahoo.com

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